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18 de Marzo del 2008
Los Enfoques de la Masculinidad
Por Rafael Montesinos
Los aportes que los estudios de la mujer han hecho sobre los enfoques de género deben estar presentes en las modernas investigaciones sobre masculinidad, puesto que al reflexionar sobre tal problemática la referencia inmediata es su contrapartida: la actitud, papel social y personificación del poder de los hombres. Se trata, pues, de lo que aparece en los estudios sobre la mujer como condición de la otredad.
En ese contexto, cabe considerar que no se parte de cero, y que los diversos enfoques contemporáneos que se utilizan para conocer este nuevo objeto de estudio no caerán en los baches metodológicos que han enfrentado los estudios sobre la mujer.
Nos referimos principalmente a la ideologización en que incurrió el feminismo en los años sesenta y setenta. Esto no quiere decir que los estudios sobre la masculinidad no enfrenten resistencias para lograr su objetivo, pues evidentemente éstas se manifiestan en una reticencia de la comunidad académica a aceptar el estatus del objeto de estudio, patente en una estructura cultural de corte patriarcal, por moderna que sea la sociedad de que se trate.
En todo caso, los estudios contemporáneos sobre la masculinidad se ubican en el momento en que se acepta que las sociedades occidentales asumen un cambio social manifiesto en el ámbito económico, político y cultural. Por otra parte, y esencialmente, los estudios sobre la mujer determinan hoy el reconocimiento del término «género» como un concepto cualitativamente útil para profundizar en el conocimiento de la realidad social y de la reproducción de la vida cotidiana. Es decir, que los estudios sobre la masculinidad tienen como objetivo principal detectar el conflicto que enfrentan los hombres ante los cambios en la identidad masculina.
Este capítulo tiene como propósito describir de manera muy general las características de las interpretaciones que sobre la masculinidad ofrecen las diferentes disciplinas sociales, así como ensayar algunas ideas sociológicas que permitan comprender un poco más los aportes que brindan la historia, la psicología y la antropología.
El enfoque histórico
En primer lugar, habremos de reconocer que la historia es la ciencia cuyas características cognitivas ofrece, más que un análisis causal, una descripción acerca de algunos rasgos de la masculinidad en las diferentes etapas de la evolución humana. De tal forma que es posible reconocer a la masculinidad como expresión genérica, manifiesta de diversas formas a lo largo de la historia, dependiendo, en todo caso, de las estructuras culturales que sustentan a la sociedad que se estudia. Como señala Kimmel:
Desde una perspectiva feminista de la historia, era indispensable hacer visibles a las mujeres en el transcurso del tiempo, ya que la historia era la historia de los hombres. Pero, de acuerdo con la cita de Kimmel, también es necesario reinterpretarla para hacer evidente que los hombres aparecen como actores sociales que adquieren forma a partir de expresiones de género; es decir, separar a los hombres como seres humanos para interpretar su desarrollo histórico en su condición de seres genéricos, como entidades sociales individuales y colectivas. En el caso de México, vemos que existen estudios sobre la vida cotidiana y reconstrucciones biográficas sobre personajes de la historia, pero sin un tratamiento desde la perspectiva de género.
los trabajos históricos sobre los hombres se han construido sobre la base de preocupaciones semejantes a las que tuvieron las historiadoras feministas cuando trataron de rescatar del olvido las importantes contribuciones de mujeres (biografía
feminista), y desvelar la profunda , construcción genérica que conforma la red de la vida cotidiana (historia social feminista). Ver a los hombres como seres pertenecientes a un género, actuando en sus mundos públicos como actores genéricos, es la tarea de los biógrafos y de varios historiadores cuando reexaminaron vidas sobre estudiadas (Thedore Roosvelt, Frank Lloyd Wright, Federi,co Engels) a través del prisma de la masculinidad.
Desde una perspectiva feminista de la historia, era indispensable hacer visibles a las mujeres en el transcurso del tiempo, ya que la historia era la historia de los hombres. Pero, de acuerdo con la cita de Kimmel, también es necesario reinterpretarla para hacer evidente que los hombres aparecen como actores sociales que adquieren forma a partir de expresiones de género; es decir, separar a los hombres como seres humanos para interpretar su desarrollo histórico en su condición de seres genéricos, como entidades sociales individuales y colectivas. En el caso de México, vemos que existen estudios sobre la vida cotidiana y reconstrucciones biográficas sobre personajes de la historia, pero sin un tratamiento desde la perspectiva de género.
Dentro de los estudios sobre la identidad masculina y sus crisis desde una perspectiva histórica, si bien no se trata de hacer un recuento de las posibles crisis a que se haya sometido la identidad masculina, vale la pena recuperar el enfoque histórico para destacar los escasos pero significativos ejemplos de la crisis del género masculino que nos permiten adquirir una visión más general acerca del carácter que adoptan en la actualidad.
Cuando Badinter reflexiona acerca de las anteriores crisis de la masculinidad desde la perspectiva histórica, muestra los contextos sociales en los que se manifestaron esas expresiones culturales. Por ejemplo, al referirse a la crisis de la masculinidad en la época del medievo, expone el caso de las preciosas francesas (1650-1660), el cual evidencia que esa sociedad era la más liberada de Europa. Para Badinter, tal caso es la primera expresión del feminismo, pues refleja un cambio de actitud que desafía los valores convencionales que definían el estatus del momento:
La preciosa es una mujer emancipada, que propone soluciones feministas a su deseo de emancipación y que invierte totalmente los valores sociales tradicionales. Milita en favor de un nuevo ideal de la mujer que tiene en cuenta la posibilidad de su ascenso social y su derecho a la dignidad. Reclama el derecho al saber y ataca la base de la sociedad falocrática: el matrimonio. Contra el autoritarismo del padre y del marido, las preciosas se muestran definitivamente hostiles al matrimonio de conveniencia ya la maternidad.
Esta actitud demanda otro tipo de relación sentimental en la cual se exige el amor del hombre hacia la mujer, situación que refleja una actitud crítica y retadora para el statu quo de la época. Puesto que, además, le exigían a los hombres una fidelidad absoluta. Como es vidente, y lo señala Badinter, se trata de un caso donde la relación de dominación se invierte al recriminar la imagen del hombre violento, el padre autoritario o el marido que asume una actitud patriarcal. Independiente del número de hombres que aceptaran asumir el nuevo rol masculino que demandaban las preciosas, el fenómeno influyó en las conductas sociales de la corte francesa, y por tanto, a partir de la moda que impuso, en las cortes europeas:
Muy pocos hombres, los «preciosos», aceptaron las nuevas reglas. Su número es irrisorio pero su influencia es menos. Adoptaron una moda femenina y refinada –pelucas largas, plumas extravagantes, golillas, lunares postizos, perfumes, colore-te- que sería imitada posteriormente. Los hombres que se querían distinguidos convertían en una cuestión de honor el parecer civilizados, corteses y delicados.
Se abstenían de mostrar sus celos y de aparentar ser unos tiranos domésticos. Lentamente, los valores femeninos progresaron entre la «buena sociedad» hasta el punto de parecer dominantes durante el siglo posterior.
Esto se comprende de manera más detallada en los planteamientos que hace Elias al analizar el papel que juega la corte francesa de Luis XIV. Aquí también se destaca que existe otro tipo de apreciación de valores morales en cuanto a la fidelidad que las mujeres debían a los hombres de la corte, ya que en todo caso se les permitía tener relaciones extramaritales.
De cualquier forma, el significado de lo masculino promueve un debate social en el terreno de la cultura: costumbres, valores, normas, conductas, etcétera. La imagen del hombre se transforma a partir de expresiones simbólicas que rompen con la práctica de reproducción de la imagen masculina, al retomar usos femeninos para el cuidado personal.
Aparece el hombre feminizado que adopta tanto vestimentas como algunas conductas femeninas. Según Badinter, este fenómeno social que adopta la corte francesa es duramen-te criticado por la corte británica, que considera estas prácticas una traición a la masculinidad tradicional y al patriotismo. Los valores viriles se esfuman poco a poco, como también paso alrededor del siglo XV, cuando en el mismo proceso de pacificación de la sociedad medieval la guerra que había invadido a Europa en esos años se cambio por «juegos de guerra» que añoraban las hazañas de aquellos tiempos. Como lo explica profundamente Elias en otra de sus obras.
Aún así, aunque se trate del período más feminista de la historia, antes de instaurarse la nueva sociedad, las mujeres no obtuvieron el reconocimiento político y social al irrumpir la Revolución de 1789, que marcó, junto con el pensamiento ilustrado, el cambio de mentalidad y el reconocimiento de la igualdad entre los hombres, pero no entre las mujeres. Quizás estemos frente a una coyuntura que determina el carácter patriarcal de la naciente sociedad capitalista. Al respecto Badinter señala:
En ese sentido es importante observar los aspectos mínimos a partir de los cuales es posible analizar la evolución de la masculinidad; en todo caso, las crisis de la identidad masculina se darán conforme se registran transformaciones culturales que cuestionen o transgredan los principios aceptados que definen el perfil general del ser hombre. Otro momento que Badinter considera para analizar la crisis de la masculinidad es la época que corre de finales del siglo XIX a principios del xx. Esto coincide con Los diputados, que no tuvieron la oportunidad de disfrutar de las dulzuras del Antiguo Régimen, defienden con fuerza la separación de los sexos y el diferencialismo radical. Proximidad, similitud y confrontación les provocan horror y reacciones autoritarias casi amenazadoras. Lejos del hogar, las mujeres suponen un peligro para el orden público. Se les invita a no mezclarse con los hombres y se les prohíbe la más mínima actividad extradoméstica o extramaternal. Reforzado por el Código Napoleónico y ratificado por la ideología del siglo XIX, el dualismo oposicional perdurará durante casi cien años, hasta el momento en que aparece una nueva crisis de la masculinidad más extensa y profunda.
En ese sentido es importante observar los aspectos mínimos a partir de los cuales es posible analizar la evolución de la masculinidad; en todo caso, las crisis de la identidad masculina se darán conforme se registran transformaciones culturales que cuestionen o transgredan los principios aceptados que definen el perfil general del ser hombre.
Otro momento que Badinter considera para analizar la crisis de la masculinidad es la época que corre de finales del siglo XIX a principios del xx. Esto coincide con una etapa de la sociedad capitalista en la cual la economía se sume en una fuerte crisis.
De tal forma que esta condición social afecta la conducta y percepción del conjunto de ha sociedad, ya sea de hombres o mujeres. Emerge un nuevo estereotipo de mujer que, por el sólo hecho de representar una nueva conducta genérica, desafía las fronteras sexuales que marca el statu quo convencional. En esos años (1871-1914), el primer efecto del cambio cultural que propició una nueva identidad femenina, y por tanto la redefinición de la identidad masculina, fue que las universidades abrieran sus puertas a las mujeres tanto en Norteamérica como en Europa. Así, las mujeres se convierten rápidamente en doctoras, abogadas o periodistas. Es decir, dejan de ser amas de casa para convertirse en profesionistas. Ganar estos espacios económicos trae como con-secuencia que las mujeres inicien un movimiento emancipatorio que las lleva a demandar, poco a poco, más derechos.
Bajo estas circunstancias es fácil comprender la naturaleza de esa segunda crisis en la identidad masculina, puesto que conforme las mujeres exigen el reconocimiento de su nuevo statu quo, los hombres sienten que van perdiendo espacios dentro de una sociedad que siempre mantuvo a las mujeres en el espacio privado. Esa es la razón por la cual la mayoría de los hombres mantuvieron una actitud hostil en contra de tal movimiento:
Y no es sólo la corriente católica tradicional o el movimiento obrero los que temen la competencia que supone para ellos la mano de obra femenina, sino también republicanos tan convencidos como Anatole France o Émile Zola: esos hombres «tienen la sensación de asistir no a una simple evolución, sino a una mutación real». En lo más alto y lo más bajo de la escala social, ven amenaza da su identidad por esa nueva , criatura que pretende vivir como ellos, hacer lo mismo que ellos, hasta el punto que temen verse obligados ellos mismos «a cumplir tareas de meninas y, horror supremo, convertirse en mujeres!».
Evidentemente, la crisis de la masculinidad no se debe exclusivamente a esta nueva forma del ser mujer, sino a un cambio social integral que la sociedad capitalista registra en todos sus ámbitos, principalmente en lo económico. «Los hombres ya no encuentran en el trabajo nada que les sirva para valorar sus cualidades tradicionales.
Para ganarse la vida ya no son necesarias fuerza, iniciativa o imaginación» . Entonces sí se trata de una profunda crisis de la masculinidad que sólo es rescatada en vísperas de la Primera Guerra Mundial, al restituir a los hombres el papel de guerreros que históricamente les ha pertenecido.
Por otra parte, es importante considerar el papel que juega el hombre dentro del seno familiar, ya que si bien detenta el papel de proveedor, y por tanto, la paternidad, poco a poco, conforme ocupa gran parte de su tiempo en la realización de su trabajo remunerado, se convierte en una ocupación dominical, por lo que en lo sucesivo la identidad masculina se va identificando con el éxito, simbolizado a su vez por el dinero.
Así, el que las mujeres norteamericanas y europeas comiencen a independizarse económicamente ya competir en el mercado de trabajo constituye un factor funda-mental en la crisis de la identidad masculina que va adquiriendo forma conforme ellas avanzan en la conquista del espacio público. Ante esta situación en la que, además, las mujeres van ganado más derechos políticos, la nueva identidad femenina comienza a recibir un rechazo más franco en las actitudes de los hombres.
Como podemos apreciar, la enseñanza que nos deja un enfoque histórico (que evidentemente no excluye una perspectiva integral del proceso social) sobre los conflictos
que ha enfrentado la masculinidad, constituye una experiencia que aporta mucho a los estudios del género masculino.
El enfoque de la antropología social
La antropología social ha realizado importantes esfuerzos por profundizar en el análisis de la cultura, y por tanto, en el de las relaciones sociales que detentan el carácter autoritario de la sociedad. La antropología brinda una serie de elementos que permiten identificar el papel que desempeña cada género en la reproducción de las relaciones sociales dentro de las estructuras de poder y la simbología que a ello corresponde. Conforme predominan los estudios de sociedades tribales, se ha constata-do que la masculinidad y la feminidad se expresan de diversas formas, dependiendo de la cultura de la que se trate. Esto es, que la masculinidad no se expresa de manera universal, pues no se trata de un rasgo social constante, sino de manifestaciones propias de diferencias culturales que coexisten en un momento determinado de la historia, sin negar el predominio de formas de expresión de la misma masculinidad.
En todo caso, es importante considerar que en la actualidad la sociedad occidental moderna predomina sobre otras formas de expresión cultural, y que se sustenta en una estructura de dominación que sugiere que históricamente el poder ha sido monopolizado por los hombres. En todo caso, como señala Kaufman: «Lo que está real-mente en juego no es una hombría biológica, nuestro sexo, sino nuestras nociones de la masculinidad históricamente específicas, socialmente construidas e incorporadas individualmente».
Dentro de las disciplinas sociales, la antropología y la psicología han profundizado sobre el tema de la construcción de las identidades genéricas, y en este caso, sobre la masculina. Desde el estudio pionero de Margaret Mead, en donde se muestra claramente que la identidad de género es una construcción social y no una determinación biológica, a partir de sus resultados de investigación en tres sociedades tribales de Nueva Guinea:
Los arapesh no creen en la perversidad de la naturaleza humana, ni en la necesidad de imponerle severas sujeciones y restricciones, que conciben las diferencias entre los sexos como consecuencias sobrenaturales de las funciones femeninas y masculinas, y que no esperan ninguna manifestación natural de tales diferencias en las características sexuales. En cambio, consideran a hombres y mujeres como seres gentiles por naturaleza, sensibles y cooperativos, capaces y deseosos de subordinar sus intereses a las necesidades de los más jóvenes o de los más débiles y derivar de ello sus mayores satisfacciones.
Entre los arapesh, la autoridad de la familia recae en el hombre, pero no se alienta la agresividad. Los padres deben estar capacitados para el ejercicio de la autoridad sobre los niños que han hecho crecer, y bajo el mismo principio consideran la autoridad sobre la esposa, pues el hombre también ha colaborado en el crecimiento de la mujer.
Para los Mundugumor, el ideal del carácter es idéntico para los dos sexos; se espera que tanto los hombres como las mujeres sean violentos, con espíritu de competencia, agresivos en las relaciones sexuales, celosos y dispuestos a vengar un insulto, deseosos de ostentación en sus acciones o luchas.
Se podría interpretar que los mundugumor tienen una estructura más igualitaria en sus relaciones de género, pues tanto el hombre como la mujer tienen libertad sexual: las mujeres pueden elegir a su amante, y en el matrimonio son intercambiadas por un hombre (hermano del futuro ). Existen también uniones arregladas, pero la mujer puede huir con un amante si no está de acuerdo con el esposo que le eligieron o si éste es muy pequeño. Además, se valora la virginidad femenina, pero hay libertad de elección.
Para los tchamubli, la organización social se funda sobre la línea paterna, y existe la poligamia, de manera que un hombre compra a su esposa -dos instituciones que se consideraron, en general, como degradantes para las mujeres- pero es la mujer quien ocupa la posición real de poder en la sociedad. El sistema patrilineal incluye las casas, las tierras de residencia y las huertas, pero sólo cultiva la tierra algún hombre particularmente enérgico, pues los varones dependen, para comer, de la pesca de las mujeres.
Entre los tchamubli la vida pública está a cargo de las mujeres, quienes realizan las negociaciones mercantiles. Los hombres pueden utilizar los bienes que generan o intercambiar su esposa con la autorización de ella. Podemos observar entonces que en esta sociedad las características del temperamento masculino y femenino son inversas a la construcción de las identidades genéricas del mundo occidental o de sociedades complejas como las contemporáneas. Los hombres tchambulis se dedican al desarrollo del arte, mientras que las mujeres son proveedoras económicas. « Así como la tarea de las mujeres consiste en costear la danza, es deber de los hombres bailar, perfeccionar los pasos y notas que constituirán el éxito de la representación.»
En los estudios antropológicos encontramos también investigaciones sobre los rituales de iniciación de la masculinidad, los cuales difieren de acuerdo con la estructura social y cultural. Asimismo, encontramos estudios sobre sexualidad, que también es diferente de acuerdo con la configuración específica de cada cultura. Estos estudios se han realizado principalmente en sociedades tribales u organizaciones poco complejas.
El libro de Godelier sobre los baruyas de Nueva Guinea nos muestra que en la construcción de la masculinidad se articulan la sexualidad y la competencia. Para Godelier, el rol de la sexualidad en el pensamiento de los baruyas es fundamental para explicar la dominación masculina en su sociedad. El sistema de descendencia es patrilineal (al igual que en las sociedades estudiadas por Mead), y existen cinco tipos de unión matrimonial, pero en todos se puede «compensar el regalo de una mujer ofreciendo otra mujer en intercambio». Entre los baruyas existe una estricta división del trabajo por géneros, donde los hombres son los dueños de las tierras de cultivo y la caza. La propiedad se trasmite exclusivamente a los hombres, quienes pueden ser propietarios de armas y herramientas. Mientras que las mujeres son excluidas de las actividades económicas y sociales, los hombres prestan a las mujeres sus herramientas para que realicen sus actividades. Godelier muestra que las tareas asignadas a las mujeres son:
a) las que requieren menor fuerza física, o para ser más precisos, no suponen una gran cantidad de esfuerzo físico en un período corto de tiempo; b) el riesgo de accidentes es menor, y c) requieren menos ayuda mutua o cooperación entre los individuos. Las mujeres trabajan -más bien solas- en tareas rutinarias y monótonas.
En esta sociedad tribal, al igual que en las sociedades poco desarrolladas, la fuerza física es una característica valorada socialmente, y de ahí la supremacía masculina.
Por la fuerza física los hombres son los portadores del poder y son los únicos que pueden establecer las relaciones de parentesco, relaciones económicas, políticas y sociales. Por tanto, las mujeres están subordinadas a los hombres en los planos de lo material, lo político y lo simbólico. Pero la supremacía masculina en la sociedad es una construcción cultural, y por ello no es posible hablar de una masculinidad, sino de masculinidades.
En el caso de México, tenemos el trabajo de Marinella Miano, quien realiza una investigación sobre la construcción de identidad y relaciones de género en la sociedad zapoteca del Istmo. De acuerdo con ella, en la sociedad juchiteca:
Existe una división social y genérica del trabajo según la cual está asignada a las mujeres la tarea de la circulación y distribución de los bienes y mercancías, mientras que la producción es el ámbito de los hombres. Las mujeres son las dueñas del dinero que ganan y que, en gran parte, destinan a la casa y a la educación de los hijos. Al mismo tiempo muestran gran autonomía respecto al hombre que se manifiesta en una fuerte autovalorización y en una autoridad a nivel social y familiar poco comunes en nuestra sociedad.
El hombre es considerado «naturalmente» el depositario de la autoridad y del poder, sobre todo del político, es decir, del ámbito de las acciones y decisiones que conciernen a la comunidad y sus relaciones con las instituciones nacionales.
Ellos son los campesinos, los pescadores, los obreros, los comerciantes, dentro y fuera de la comunidad. Sólo recientemente las mujeres han adquirido niveles superiores de educación, y en general son mujeres de clases acomodadas.
Se podría decir que, de acuerdo con las investigaciones, en la mayoría de las sociedades se presenta la supremacía del hombre sobre la mujer, al ser ellos los depositarios del poder y la autoridad. En sociedades como la juchiteca, a pesar de que las mujeres tienen independencia económica, autonomía y autoestima, vida pública, etcétera, se encuentran subordinadas ante los hombres al presentarse prácticas como las del maltrato por parte de los maridos y la falta de responsabilidad de éstos hacia los hijos y la casa: el machismo. Mientras que entre los baruyas las mujeres no tienen ningún tipo de poder y todo recae en los hombres, la sociedad tchambuli es la única donde se da una mayor autoridad a las mujeres y donde el rol del hombre es completamente contrario al que se presenta en la mayoría de las sociedades.
Otro antropólogo que obligadamente debe mencionarse en los estudios del género es Marvin Harris, porque su Antropología cultural ofrece una interesante discusión respecto al sexo y la personalidad, donde dibuja la importancia que adquiere el enfoque de género en los estudios sobre la cultura, y definitivamente porque en Nuestra especie ofrece interpretaciones sobre las relaciones entre los géneros desde el punto de vista de una hetereogenidad cultural, donde contrasta lo primitivo con lo moderno, y establece relaciones entre las prácticas sexuales de los primates y de la especie humana.
Además, en su trabajo sobre la cultura norteamericana se encuentra una versión tajante que, por cierto, pesa muchísimo en las hipótesis que se levantan aquí sobre la masculinidad. Me refiero al análisis en el que resalta la incorporación de la mujer al mercado de trabajo como detonante del cambio cultural que abre la posibilidad de triunfo del movimiento feminista de los sesenta.
Como se puede observar, el aporte fundamental de la antropología es el descubrimiento de las identidades genéricas como expresión de las culturas en concreto, así como el señalar que las diferencias entre los géneros queda establecida, en general, por estructuras de poder que reproducen la imagen patriarcal como la máxima autoridad social.
El enfoque de la psicología social
La psicología social también ha hecho aportaciones al conocimiento de los géneros. De hecho, su objeto de estudio consiste en desentrañar la naturaleza de la psique de los individuos, por lo que su carácter define los rasgos específicos de la identidad de los géneros, y ofrece los instrumentos para analizar la estructura subjetiva a partir de la cual los hombres asumen su masculinidad.
La psicología ha permitido a los estudios de género reconocer los efectos negativos que sobre las relaciones sociales, y particularmente sobre las relaciones de pareja y familiares, tienen los rasgos de la masculinidad, que de manera resumida se reflejan en el monopolio del poder que históricamente han detentado los hombres.
De acuerdo con los estudios sobre la masculinidad, la psicología investiga la forma en que los individuos son condicionados por las distintas instancias sociales para presentar rasgos y actitudes de la personalidad masculina.
Por ejemplo, muchos de los argumentos que presenta José de Jesús González parten de una pregunta central: ¿cuál es la verdadera esencia masculina? Pregunta que va resolviendo a través de los fáctores que influyen en el comportamiento. De ahí que señale que la conducta, masculina, como cualquier conjunto de actitudes, está influida por tres grupos de factores:
a) Los factores constitucionales, que caracterizan a la gente en lo individual; b) los factores de desarrollo que traen consigo actitudes, pensamientos, sentimientos únicos, porque se desarrollan en un determinando ambiente; y c) los factores situacionales o ambientales que son los que corresponden a la filosofía de la vida cotidiana.
González recurre a Jung y sus arquetipos para explicar cómo es que en todo hombre existe el sueño del amor eterno, el arquetipo en el inconsciente colectivo. El segundo arquetipo explorado por Jung en el inconsciente colectivo fue el anima y el animus. En ese caso la masculinidad es el arquetipo activo, penetrante, perforador, fecundante, agresivo, inflexible y duro. Mientras que la feminidad es el flexible, penetrado, fecundado, irracional, intuitivo, sentimental, tierno, dulce y acogedor. Este arquetipo está jerarquizado por determinadas leyes: «a) Toda personalidad humana se comporta con cualidades masculinas y femeninas. b) La ley de la bisexualidad: soy consciente de mi masculinidad, pero tengo en el inconsciente un ánima, o sea, una actitud femenina; y la mujer viceversa.»
Con base en la teoría psicoanalítica y su hipótesis estructural, González señala la existencia de tres instancias psíquicas: el ello, en la que predominan los impulsos eró-ticos (libido) y agresivos; el superyó, que funciona mediante el principio del deber ser socio/culturalmente, y el yo, que es la parte consciente, que actúa mediante el principio de la personalidad. El yo cuenta además con una serie de funciones autónomas, como las relaciones de objeto, las de control de impulsos, la de dominio-destreza de las cosas y los mecanismos de defensa.
En psicología, un objeto es aquello que tiene importancia emocional y psicológica
para el sujeto:
El hombre, en lo masculino, está rodeado de sus objetos, cosas que tienen importancia psicológica para él: su trabajo, su familia, sus diversiones, sus automóviles, etcétera; éstos son objetos no porque sean cosas, sino porque tienen importancia para él.
Los factores de evolución del desarrollo masculino son tres: oral, anal y fálica. El complejo de inferioridad de Alder se refiere al caso en el cual el hijo se compara con el padre, creándosele un sentimiento de inferioridad. Las características edípicas se convierten en positivas cuando el individuo es valorado socialmente.
Para Graciela Cámara Cáceres la sociedad espera de la mujer (como madre y esposa) y del varón (en su rol masculino) un espectro de conductas que responden al perfil asignado a cada género. La madre mexicana en la representación del cine es la madre abnegada que va a ser recompensada por ser buena madre. La mujer es devaluada por la sociedad y por el mismo hombre. El hombre tiene que negar lo que considera pasivo y representa a la mujer , tiene que comportarse como el fuerte, violento y protector, alejado y temeroso de que en él se vea algo de las características socialmente asignadas a las mujeres. Por su parte, las familias mexicanas padecen la ausencia del padre, ya sea física o emocionalmente, lo que origina que la mujer, ante el vacío emocional, se vuelque en su hijo. La relación tradicional del hombre en la familia origina que el hijo no tenga una identificación con el padre y se prolongue la díada entre la madre y el hijo, haciendo más angustiosa su separación. En ese sentido, para
Cámara:
El hombre mexicano tiene la necesidad de expresar que él es muy macho, y negar todo lo que se considera pasivo, todo lo que represente a la mujer devaluada, de ahí su interés por negar sus necesidades simbióticas, es decir, su necesidad de apego, de dependencia y cariño con su mujer e hijos, y también negar la necesidad de que ellos tienen de su ternura, comprensión y su participación afectiva dentro de la familia, ya que eso es cosa de viejas. El hombre debe permanecer hermético sin expresar sus verdaderas emociones.
La explicación de Cámara sobre la identidad masculina es similar a la de Chodorow y otras psicoanalistas feministas, pues señala que, al no alcanzar una individuación en forma óptima, los niños tienen fallas de identificación psicosexual. Por ello, el hombre niega lo femenino para construir su identidad sexual. Quintanar estudia la evolución, de las etapas del niño y la construcción de la masculinidad considerando que la familia influye directamente en la formación de la masculinidad y feminidad de los hijos e hijas.
Nos dice que en las familias existe una mayor atención en la introyección de la masculinidad por el niño, que en la de la feminidad en las niñas.
Los roles asignados socialmente para los géneros determinan que en los hombres no sea aceptado que realicen los de las mujeres, mientras que existe una mayor permisividad a que las mujeres realicen los roles asignados a los hombres. En la mayoría de las sociedades, el principal papel del hombre es asegurar la subsistencia de la familia (sociedades rurales e industrializadas). Los niños aprenden los roles genéricos de la observación de los padres, pero también de los juegos, así como de las distintas instancias socializadoras, como la escuela, la religión, los medios de comunicación masiva, etcétera.
Quintanar señala que existen diferencias en las preferencias de niños y niñas, en formas de comportamiento y en el tipo de juegos, principalmente porque el juego es una forma de representación de los roles futuros que espera la sociedad:
Si se conoce lo que la sociedad espera del niño y la niña no es sorprendente que los niños muestren más movimiento que las niñas. Esto se va a reflejar en sus juegos: así observamos que los niños están interesados principalmente en juegos activos, vigorosos, competitivos, que involucran habilidades musculares y destrezas.
Los niños participan más frecuentemente en juegos rudos que las niñas, según una investigación realizada en varios países como Kenia, Japón, India, Filipinas, México y Estados Unidos.
Las investigaciones realizadas desde el campo de la psicología se basan en la teoría psiconanalítica, que nos señala las distintas etapas y factores que influyen en la construcción de la identidad genérica, aunque sus investigaciones nos muestran que el género es una construcción social. Así, autores como Quintanar consideran importan-te que se den cambios en los estereotipos culturales y educativos de los géneros que permitan desarrollar las potencialidades de los individuos. Al respecto, es posible encontrar contradicciones en su percepción sobre la liberación femenina y el movimiento feminista:
Yo pienso que el problema con la liberación femenina es que algunas de las mujeres que son un tanto fanáticas de esto no pugnan por ser femeninas -digamos-, con características femeninas, sino que quieren ser un tanto masculinas o fálicas, y es en este punto que surgen los problemas o las dificultades con esta situación. Yo pienso que lo ideal es que las mujeres pugnen por tener igualdad de derechos en todos los campos, siempre y cuando mantengan su feminidad y la expresen, y los hombres su masculinidad y también la expresen.
En conclusión, es factible reconocer que la psicología aporta al estudio de los géneros el conocimiento acerca de los rasgos que caracterizan el ser mujer y el ser hombre. Por ello marca una importante pauta para superar los conflictos emanados de las diferencias entre los sexos.
El enfoque sociológico
La sociología representa la versión «moderna» para interpretar la relación de los géneros en sus distintos contextos de interacción social. De tal forma que la conformación de nuevas identidades genéricas responde a los cambios registrados en todos los ámbitos de la cultura. En ese sentido, se tendrá que reconocer, sobre todo si lo relacionamos con el tipo de enfoques que nos ofrece la antropología, la existencia de una suerte de determinismo cultural donde la transformación de lo político, económico y social tiene un efecto directo en las relaciones de los géneros. Así, la identidad genérica será producto de la transformación social que impulsa nuevos patrones de cultura, propiciando la emergencia de nuevas identidades genéricas.
Por otra parte, es fundamental considerar que la crisis de los paradigmas en las ciencias sociales ha propiciado la emergencia de interpretaciones heterodoxas acerca de cómo tratar un objeto de estudio determinado. En ese sentido, la superación de los presuntos límites que fijan estás disciplinas coadyuva al planteamiento de enfoques más integrales;, donde igual interactúan todas o algunas de ellas. Los enfoques con-temporáneos hoy pueden ser caracterizados como enfoques donde se combinan diferentes metodologías, así como; conceptos que generalmente eran considerados una suerte de «monopolio» de una determinada disciplina.
En esa perspectiva, por ejemplo, cabría señalar que la sociología ha incursionado en la identificación de las estructuras de poder, de los símbolos que sustentan el carácter patriarcal, aparte de explorar las tendencias de la vida cotidiana.
En el intento de profundizar el conocimiento acerca de la identidad masculina, podremos intentar evadir los «huecos» que deja la psicología al revisar, casi de manera exclusiva, la conflictiva individual, perdiendo así la dimensión de lo colectivo. De igual forma, en términos generales, podremos evadir los factores provenientes de la conflictiva individual que tienden a constituir nuevas formas de expresión cultural.
De hecho, consideramos que la crisis de paradigmas que refuerza la dinámica de los cambios sociales que se registran a nivel internacional, al finalizar el siglo xx, ha propiciado que dentro de la sociología, particularmente, se reconozcan los aportes que los estudios sobre la vida cotidiana hacen acerca de la nueva identidad genérica.
Aquí consideramos que la relación entre lo colectivo y lo individual se refleja de manera «natural». Lo cultural, es decir, los cambios que se registran socialmente, inciden en la transformación de lo privado, afectando la percepción que cada uno de los individuos tiene acerca de su entorno social y de su propio rol en las relaciones sociales, de donde intentaremos destacar las referentes a la pareja y las familiares.
Por último, es importante tener como referencia inmediata la idea de tres importantes teorías sociológicas que han influido profundamente en la comprensión acerca de la cultura contemporánea. Se trata, primero, de la postulada por Agnes Heller, quien nos obliga a considerar el efecto dinámico de la cultura, entre otros en el de la nueva identidad masculina. En ese sentido, la sola conformación de una nueva identidad femenina, que transforma la esencia de la cultura de las últimas tres décadas, somete a una fuerte crisis a la configuración de la identidad masculina.
La segunda posición teórica parte de los supuestos de Daniel Bell, quien sostiene que la transformación social que se vive desde los años sesenta, la misma cultura, o más bien la práctica social, se resiste a responder a la dinámica con la cual se transforma lo político y lo económico. De tal forma que la crisis contemporánea de la identidad masculina se analice, también, como el conflicto que se genera a partir del cambio cultural que impulsa la emergencia de una nueva identidad femenina que cuestiona los rasgos del statu quo sustentado en valores tradicionales, y que, por tanto, resguarda y legitima la práctica de conductas autoritarias que afectan la relación de pareja y familiar.
La tercera posición es el planteamiento de la crisis de la identidad masculina, como producto de un cambio cultural que impide a los individuos reconocer claramente los referentes culturales que le permitían construir su identidad genérica. Existen algunas referencias en Kaufman, al argumentar sobre la necesidad de construir una nueva identidad masculina desligada de la tradición, que en nuestro caso constituye el eje de este libro.
Desde una perspectiva sociológica, se busca reconocer que el cambio social, la transformación de la cultura en general, puede traer consigo una serie de conflictos que se expresan en lo económico, político o social. En todo caso, en el plano específico
de la cultura, la transformación de las pautas de conducta colectiva que marcaron a los años sesenta y setenta ha de suponer una conflictividad que se expresa en diversos ámbitos de la sociedad. Por ejemplo, las manifestaciones pacifistas representadas, en última instancia, por el movimiento hippie en Estados Unidos, reflejan el rechazo a las pretensiones de las elites políticas y militares para mantener el lugar hegemónico que esa nación ocupó en el contexto internacional en el período posbélico. También reflejan una contradicción intergeneracional donde, por ejemplo, la masculinidad tradicional, fundada en una valentía que habría de probarse a partir del ejercicio de la violencia, se ve cuestionada por las nuevas generaciones que se niegan a ir a la guerra.
Asimismo, el movimiento feminista que tiene efecto desde principios de los años sesenta, en ese mismo país, representa el desafío a las tradiciones culturales de una sociedad que mantiene lo privado como el espacio natural de la mujer. La conquista del espacio público por parte de las mujeres, el que se asumieran como propietarias de sus cuerpos y no como objeto del deseo masculino, plantea un nuevo tipo de moralidad que transgrede también los valores y los estatus establecidos por la sociedad norteamericana. El cambio cultural, entonces, plantea una crisis social que se expresa globalmente a través de una expresión política e ideológica, pero también, y de manera muy marcada, en el tipo de nuevas conductas que la transformación de la cultura impone desde esos años. Esto, evidentemente, tiene su repercusión concreta a partir de las nuevas prácticas sociales que, en primera instancia, modifican la conducta de las mujeres, y por ende, las relaciones de pareja. Así, se advierte la disminución de los embarazos, el incremento de los divorcios y, en general, una mayor participación de las mujeres en el ámbito público. Por ejemplo, el hecho de que la mujer haya incursionado en el mercado de trabajo establece una nueva lógica de relación a partir de la cual, en la medida que adquiere su independencia económica, replantea su actitud ante la autoridad del hombre que le concedía una sociedad estructurada a partir de valores tradicionales, pero también del papel que el hombre jugaba como único proveedor familiar.
Cabe destacar que últimamente en la sociología moderna se han incorporado tres importantes y prestigiosos sociólogos a los estudios sobre el género. Lo que demuestra la importancia que adquiere hoy el enfoque de género y la capacidad de la teoría sociológica para incorporarse a la discusión actual sin atarse a los planteamientos feministas y de las especialistas en estudios de la mujer. El primero de ellos fue Giddens con La transformación de la intimidad, sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas. Un trabajo fundado en una investigación bibliográfica, en la que ensaya sobre la sexualidad y el erotismo, fundamentalmente, desde conceptos que ha venido acuñando y que hoy caracteriza a sus últimos trabajos, como es el caso de «reflexividad», cuya función en su interpretación genérica coadyuva a transformar las relaciones entre los géneros, desde la vida cotidiana hasta la sexualidad.
Otro importante sociólogo que se incorpora a estos estudios es Bourdieu quien enfatiza sobre los aspectos estructurales que persisten en mantener la dominación masculina. En realidad se trata de un trabajo poco propositivo, para un autor de tan alta calidad intelectual. Su planteamiento es demasiado convencional en el terreno de la cantidad de trabajo que reitera la subordinación de la mujer al hombre. Sin embargo, el tratamiento desde su arsenal teórico conceptual, donde se destaca lo simbólico, hace de este un trabajo significativo para aquellos que comiencen a internarse en los recodos de los estudios del género.
Y el último de estos sociólogos es Lipovetsky, quien en La tercera mujer nos entrega un magnifico trabajo sobre los significados que adquiere la mujer moderna. Una interpretación que sitúa los símbolos que representa la mujer en la perspectiva de la modernidad-posmodernidad. Sin duda uno de los trabajos más ricos en las nuevas interpretaciones sobre las relaciones genéricas. No obstante, cabe destacar que a diferencia de la hipótesis central de este libro, la crisis de la identidad masculina, Lipovetsky no cree en ella pues finalmente cae en la trampa de destacar el predominio masculino, de manera que las nuevas identidades femeninas, mujeres que acceden al poder, aparecen como la excepción que confirma la regla. Tenemos así tres trabajos desde los cuales se pueden ir tejiendo interpretaciones sobre las relaciones entre los géneros, y sobre todo, de la masculinidad y sus retos. A partir de esta mínima revisión bibliográfica sobre el tema de la identidad masculina, encontramos que independiente-mente de la disciplina social de que se trate -sicología, sociología, antropología, historia-, los principales ejes de investigación son: a) estereotipos y mitos de la masculinidad, b) sexualidad, c) machismo, d) familia y rol de proveedor económico, e) patologías masculinas y f) la construcción de la identidad masculina a través de los discursos.
Por tal razón, a continuación se presentan algunas interpretaciones sustentadas desde distintas disciplinas sociales que toman como ejes de análisis las premisas de los enfoques mencionados anteriormente.
Estereotipos y mitos de la masculinidad
Existen varios estudios sobre la construcción de la identidad masculina a partir de los estereotipos asignados a los géneros, en los cuales destacan los correspondientes al varón. En estos estudios se identifican los estereotipos de la identidad genérica tradicional. Los estereotipos, como señala Rocheblave, «tienen una gran dependencia de los factores culturales, de esta forma los comportamientos del hombre y de la mujer varían según las civilizaciones y la imagen que se tiene de ellos experimenta estas variaciones». Rocheblave realizó una investigación de la percepción de los estereotipos genéricos en Inglaterra, Francia y Alemania mostrando divergencias entre la representación y la práctica. Es decir, que en el imaginario colectivo se presentan los estereotipos diferenciados por género, como resultado del contacto que tienen los niños con el mundo exterior a partir de sus intermediarios que son personas sexuadas, en particular el padre y la madre. Los padres poseen para el niño la misma significación afectiva, pero manifiestan conductas y actitudes diferentes, determinadas por el sexo a que pertenecen. «La madre se muestra más dulce, más tierna, y el padre más severo, menos comunicativo; la madre por lo general se ocupa más directamente de la casa y el padre se dedica a las ocupaciones exteriores» . A partir de estos roles sexuales los individuos se sitúan desde temprano en relación con los dos sexos. De acuerdo con los resultados de la investigación, se muestra que en lo individual hombres y mujeres mantienen los estereotipos tradicionales para cada género, pero que en su interacción en las relaciones de pareja se ven modificados. Sobre los estereotipos del género masculino se observa que:
. Los hombres franceses acentúan especialmente la orientación dinámica de la virilidad y la autosuficiencia (creador, egocéntrico, etcétera).
. Las mujeres francesas presentan una actitud semejante, pero acentúan más las tendencias de dominio en las relaciones interpersonales ( dominador, necesidad de prestigio ).
. Los hombres alemanes insisten sobre todo en la orientación estética de la virilidad, en aquellas cualidades que revelan el control de sí mismo (disciplinado, cuidadoso, etcétera).
. Las mujeres alemanas destacan las deformaciones de estos mismos rasgos, como, por ejemplo, el «fanatismo» (¿recuerdo, quizá, del período hitleriano?).
Sobre los estereotipos del género femenino, se tiene que tanto hombres como mujeres franceses y alemanes consideran que la mujer es histérica, afectada, hablado-ra, caprichosa, débil, pasiva, miedosa y tiene necesidad de amor.
Para Corsi, la identidad masculina tradicional se construye sobre la base de dos procesos psicológicos simultáneos y complementarios: un hiperdesarrollo del yo exterior (hacer, lograr, actuar) y una represión de la esfera emocional.
Como señala Corsi, la socialización masculina se apoya en teniendo que demostrar seguridad a través de un efectivo autocontrol de los sentimientos que oculte cualquier tipo de debilidad generalmente identificada como rasgo femenino. Por esta razón los hombres, en su mayoría, evitan mostrar sus sentimientos de dolor, tristeza, placer, temor, etcétera.
Héctor Anaya, a través de la Epístola Nupcial de Melchor Ocampo, nos muestra lo que el Estado (mexicano) espera de cada uno de los géneros:
En el momento del casamiento, el Juez Civil le dice al hombre, y esto es probablemente la más acusada prueba del machismo oficial, que sus dotes sexuales son principalmente el valor y la fuerza y que debe dar y dará a la mujer: protección, alimento y dirección (es textual,¿eh?). Por lo que hace a la mujer, también en esa ocasión el Estado le hace saber que debe ser toda ternura, belleza, abnegación, compasión y perspicacia y que debe dar al hombre obediencia, agrado, asistencia y consuelo, no sólo porque el marido es quien la protege, la alimenta y dirige sino también en beneficio de ella misma, ya que de otra forma podría exasperar la parte brusca, irritable y dura del hombre convertido en su esposo.
Como se muestra, el Estado es una de las instituciones socializadoras que contribuye en la construcción de las identidades genéricas, en la definición de los estereotipos tanto masculino como femenino. Podemos así observar que este discurso en los hechos ha quedado atrás, ya que la pérdida de los estereotipos, principalmente del masculino, es lo que evidencia la crisis de su identidad. Asimismo, el Estado ha ido modificado los roles sociales por género, cuando fue necesario que las mujeres entraran al mercado de trabajo y que participaran en el desarrollo social del país. Los estereotipos son difíciles de separar de la sexualidad (ya que éstos se levantaron a partir de la diferencia sexual y ahí es donde se encuentra su legitimación, principalmente en la reproducción). De esta forma se observa que al hombre se le excluye de la educación de los hijos, siendo la mujer la única responsable, y en contrapartida, el hombre el único proveedor económico.
Como se mencionó anteriormente, los hombres han construido su identidad de género en oposición a la identidad femenina; de esta forma el hombre es aquello contrario a los estereotipos asignados a la mujer. A partir de esta situación, Corsi rastrea doce mitos y creencias que se presentan en la socialización de los niños y, por tanto, en la construcción de su identidad masculina:
1) La masculinidad es la forma más valorada de la identidad genérica.
2) El poder, la dominación, la competencia y el control son esenciales como pruebas de masculinidad.
3) La vulnerabilidad, los sentimientos y emociones en el hombre son signos de feminidad, y deben evitarse.
4) El autocontrol, el control sobre los otros y sobre su entorno son esencia-les para que el hombre se sienta seguro.
5) El pensamiento racional y lógico del hombre es la forma superior de inteligencia para enfocar cualquier problema.
6) El éxito masculino en las relaciones con las mujeres está asociado con la subordinación de la mujer a través del uso del poder y el control de la relación.
7) La sexualidad es el principal medio para probar la masculinidad; la sensualidad y la ternura son consideradas femeninas y deben ser evitadas.
8) El éxito en el trabajo y la profesión son indicadores de la masculinidad.
9)La autoestima se apoya primariamente en los logros y éxitos obtenidos en la vida laboral y económica.
Sexualidad
En todos los estudios se remite en menor o mayor medida a la sexualidad masculina como símbolo de virilidad, y por tanto de poder masculino. La exploración de este enfoque analítico se inicia con los estudios feministas sobre el sexo y la sexualidad, estudios que reflejan cómo la problemática femenina es una condición de opresión por parte de los hombres, obligando así al estudio de la contraparte, la sexualidad masculina.
Con los estudios sobre la mujer encontramos que socialmente la manifestación de la sexualidad femenina es reprimida al representar un objeto sexual del hombre, siendo una de las primeras luchas feministas la liberación sexual, a la cual se unieron los homosexuales masculinos. Mientras que la sexualidad femenina socialmente es reprimida, la masculina es motivada y exigida como símbolo de masculinidad. La sexualidad es un núcleo de tensión, conflicto y lucha por su liberación. Existen artículos que analizan la sexualidad y sus formas de represión y expresión a partir de los discursos religiosos. Philippe Aries señala «que los pecados sexuales ocupan una posición destacada después del homicidio y antes que los pecados contra la propiedad». En el discurso religioso del catolicismo está permitida la sexualidad para la reproducción y solamente en el matrimonio, y por supuesto las relaciones homosexuales son «contra natura» y por tanto pecaminosas.
Al movimiento feminista se unen los homosexuales en la lucha por la liberación sexual sin discriminación. Representaciones que ahora llegan a tener una supuesta aceptación social, y en algunos lugares es aceptada como un tercer sexo.
Pero si consideramos que el deseo sexual siempre se manifiesta a través de un objeto, que puede ser uno mismo u otro (persona o cosas ), comprendemos cómo en el desarrollo de la identidad genérica se induce el deseo sexual hacia el género opuesto, es decir, el hombre debe tener el deseo sexual hacia la mujer y nunca hacia el hombre, ya que significaría su pérdida de masculinidad. Pero el que un hombre desee a otro hombre no quiere decir que automáticamente va a actuar como mujer, sino que puede mantener los roles y estereotipos sociales asignados a la masculinidad y modificar únicamente su objeto del deseo. Pero además, existen hombres que se identifican con los roles y estereotipos del género femenino; por ello, Badinter considera que existen dos extremos en las formas de representación de la homosexualidad: « ‘el hipermacho y el marica’ son víctimas de una imitación alienante del estereotipo masculino y femenino homosexual, pero en ambos casos se trata de hombres mutila-dos».
Los estudios de la sexualidad femenina y masculina tienen como bastión teórico el psicoanálisis de Freud, siendo esta teoría la que sostiene que en la sexualidad no existe una forma natural (Horowitz y Kaufman, 1989: 68); además, la identidad sexual se logra con la identificación que tiene el niño del padre y la separación con la madre.
Dentro de otras interpretaciones sobre la homosexualidad, encontramos a Camille Paglia, quien considera que «la homosexualidad moderna es un producto de las intolerables presiones y represiones de la abundante y ambiciosa familia nuclear, abandonada por la crisis de la familia vasta, multi-generacional y extensa, aún poderosa sólo entre la clase trabajadora», situación que se tendría que analizar con mayor profundidad y conocer los casos a los que realmente se refiere para aseverar esta situación.
La revolución sexual en casi todos los países ha mostrado grandes avances, pero a partir de la detección del sida se ha generado cierto retroceso en esta liberación, siendo los homosexuales masculinos los que han sido más atacados. Como señala Monsiváis:
Los tradicionalistas pretenden añadirle a la tragedia del sida la moraleja homófoba que corresponde a su proyecto de retorno a la Edad Media, y hasta el momento han conseguido, sobre todo, obstaculizar la información (la intolerancia hacia los enfermos proviene, más que de iras bíblicas, del terror plenamente irracional al contagio).
Aunque existe una gran investigación sobre sexualidad femenina y masculina, todavía falta mucho camino por recorrer, sobre todo en el campo de las representaciones simbólicas de la sexualidad en culturas y épocas distintas.
Machismo
El eje analítico del machismo como un elemento de construcción de la identidad masculina se presenta por separado del eje de sexualidad, aunque en el machismo se incluye la virilidad, pero el concepto es más amplio. Rafael Ramírez considera que:
machismo es una categoría que nos presenta (a los hombres), en gran medida, como seres agresivos, opresores, narcisistas, inseguros, fanfarrones, mujeriegos, grandes bebedores, poseedores de una sexualidad incontrolable.
La bibliografía que aborda el «machismo» generalmente es descriptiva, superficial y repetitiva. En México se han utilizado las canciones y películas rancheras para mostrar la trasmisión de valores machistas. Un excelente ejemplo es el artículo de Carlos Monsiváis «¿Pero hubo alguna vez once mil machos ?». Para él, el término macho se expande en México después de las luchas revolucionarias para identificar a los hombres entre los hombres.
El Macho representó la cúspide de un pacto presentado como «el arrojo de la especie». Si el concepto hombre contenía y exhibía la opulencia y la entrega bravía, su vocablo antagónico y complementario afirmó una actitud y la convirtió en herencia social: que nadie dude del valor supremo del ser macho, la virilidad es el mayor sentido de cualquier conducta ya la virilidad la expresan la indiferencia ante el peligro, el menosprecio de las virtudes femeninas y la afirmación de la autoridad en cualquier nivel.
El macho tiende a desvalorizar a la mujer para valorizarse; en la Revolución mexicana también se identificaba con una clase social, campesina y trabajadora, deslindándose de los valores y costumbres de la burguesía. Un ejemplo es Pancho
Villa, símbolo exaltado del machismo. Como dice Monsiváis:
De la crítica cultural se desprende una sentencia: el machismo es concepto popular, mal típico de las clases inferiores, delito que se agrega a los otros de la pobreza. En principio, un macho es un pobre al que sólo le quedan como recursos para hacerse notar la indiferencia ante la muerte propia o el dolor ajeno. La burguesía se actualiza lo suficiente para sonreír irónicamente ante los albañiles que golpean a sus mujeres o tienen demasiados hijos en demasiadas partes, y, además, el proceso de modernización del país atraviesa también por las mujeres, por su presencia simbólica en la política y efectiva en el trabajo. El machismo queda como el espejo deformado a donde se asomarán, sonrientes y sometidas, las clases subalternas.
Desde esta perspectiva, el machismo no identifica a los hombres en general, sino a los de clases sociales subalternas en particular, siendo indispensable, además de la actitud, su correlato corporal, por esto los machos son hombres que trabajan con el uso de su fuerza física, lo que desarrolla su cuerpo. En las canciones mexicanas el macho denota un arraigo a su pueblo, un gran amor a su patria.
De los símbolos masculinos de los cantantes mexicanos encontramos a Jorge Negrete y Pedro Infante, representantes del machismo. En estos tiempos, en cambio, los cantantes tienden a perder las características que marcan a la masculinidad: Rigo Tovar y Juan Gabriel «tan gay de voz y aspecto, responden a un mundo donde la gente se siente más intercambiable».
A partir de su revisión bibliográfica, Ramírez considera que existen dos tendencias en los estudios sobre el machismo: una que lo enfoca en el individuo, destacando los aspectos patológicos y destructivos, posición enmarcada en un discurso clínico. y otra con una perspectiva sociocultural, prestando más atención a los factores sociales, económicos e históricos que intervienen en el desarrollo del machismo, especialmente en Latinoamérica. En esta literatura se discuten, principalmente, aspectos tales como el sistema de superioridad masculina, la subordinación de la mujer y los conflictos de poder entre los hombres.
La familia y el rol de proveedor económico
Con la creciente participación de las mujeres en el mercado de trabajo, motiva-da por distintos factores, como serían la creciente educación, el control de la fecundidad y la crisis económica, se propició la conformación de unidades familiares en donde ambos cónyuges se insertan en el mercado laboral.
Estas transformaciones provocaron cambios más dinámicos en el interior de la familia, donde la posición de los hombres se está viendo vulnerada. En un documento de la CEPAL se considera que se vinculan dos tendencias: el cuestionamiento a la distribución del poder intrafamiliar y el debilitamiento de la autoestima de los hombres. Esta situación anímica desembocó muchas veces en apatía, retraimiento y pérdida de confianza en la propia capacidad para asumir las obligaciones de esposo y padre, actitudes que constituirían el trasfondo del comportamiento «irresponsable» de los hombres de sectores urbanos.
Lo que nos muestra esta cita es la crisis de la identidad masculina, el rol asignado socialmente al hombre se está viendo cuestionado conforme las mujeres avanzan cada vez más en la obtención de mejores posiciones, pero las transformaciones en el ámbito doméstico, con cambios en la división sexual del trabajo, nos hablan de nuevas formas de ser hombres y mujeres en la sociedad, las cuales sólo se perciben en estudios de caso, porque el discurso dominante no se ha modificado con igual rapidez.
La investigación realizada por Vivas nos ayuda a conocer los cambios realizados en el interior de las familias de un grupo de hombres académicos, que, si bien no representan la generalidad de los hombres mexicanos, sirven de base para detectar cambios; además, el objetivo de la tesis es este:
entender la manera en que la esfera doméstica nutre también la construcción de la identidad masculina y observar las posibles transformaciones en los papeles tradicionalmente asignados a los hombres en relación con los cambios en la percepción del matrimonio, de la relación de pareja, de la paternidad y de la participación masculina en las labores domésticas.
A través del discurso de los hombres, esta autora nos muestra los significados atribuidos a los roles masculinos de esposo y padre, así como los cambios en las relaciones intergenéricas. Dentro del discurso, los hombres tienen la firme convicción de la importancia de cambiar los roles genéricos tradicionales, pero en la práctica muestran inconsistencias, sobre todo en la distribución desigual de los trabajos domésticos, los cuales siguen a cargo de las mujeres. En relación con el papel de proveedor económico, los hombres reconocen el trabajo de sus parejas y buscan construir relaciones más igualitarias, aunque siguen percibiéndose como pro veedores y responsables del bienestar de la familia. En su papel de padre reconocen la importancia de dedicar más tiempo a los hijos y romper el vínculo mediado por la madre, pero el ser proveedor justifica y legitima su ausencia. Vivas concluye de esta forma:
existe una distancia entre el compromiso ideológico y el compromiso práctico asumido por los hombres frente a la necesidad de transformar, efectivamente, las relaciones entre los géneros para hacerlas más justas y equitativas. Es, sin duda alguna, un aspecto polémico.
En la investigación de Griselda Martínez sobre los nuevos pactos familiares que establecen mujeres ejecutivas, las cuales debido a su actividad dedican el mismo tiempo laboral que los esposos, se advierte una tendencia a construir relaciones más igualitarias. Sin duda, uno de los factores que influyen en este fenómeno es que ellas llegan a percibir mayores ingresos que sus maridos, además de contar con una educación profesional que les permite competir en espacios resguardados socialmente a los hombres.
Investigaciones de caso que aborden la construcción de la identidad masculina y sus relaciones entre los géneros -como son hombres y hombres, mujeres y hombres-son una veta poco explorada, pero necesaria para conocer los cambios en la identidad genérica en los distintos campos de interacción como son el ámbito público y el ámbito privado.
Para finalizar el presente capítulo, podríamos decir que los estudios sobre la identidad masculina parten de la conceptualización realizada por las distintas teorías feministas sobre la categoría género. Generalmente los autores revisados no discuten la problemática del género, sino que dan por hecho que el género es una construcción social, como lo señala Rafael Ramírez, entre otros:
Lo masculino y lo femenino no constituyen una realidad separada del sujeto; son una construcción cultural cuyo fundamento no es biológico -a pesar de tener como base las diferencias biológicas- sino construido, diseñado, acordado y sostenido por un sistema de creencias, adscripciones y expectativas.
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